| San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia Catequesis bautismal nº 16 (trad. breviario 7º lunes de Pascua)
«El Espíritu da la vida» (2C 3,6)
«El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella. ¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu? Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los animales; porque el agua de la lluvia desciende del cielo y, además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas. De por sí, el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su naturaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.
De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e invisible, «reparte a cada uno la gracia según quiere» (1C 12,11). Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad. Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos. Se sirve de la lengua de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común» (1C 12,7). | ||
domingo, 28 de mayo de 2017
San Gregorio Nacianceno (330-390), obispo y doctor de la Iglesia
Discurso 31, 25-27; PG 36, 159
Discurso 31, 25-27; PG 36, 159
«Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia la verdad plena»
A lo largo de los siglos, dos grandes revoluciones han conmovido la tierra; los llamados dos Testamentos: uno ha hecho pasar a los hombres de la idolatría a la Ley; el otro, de la Ley al Evangelio. Un tercer cambio se prevee: aquel que, de aquí abajo, nos llevará a lo alto donde no hay movimiento ni agitación. Ahora bien, estos dos Testamentos tienen el mismo carácter...: no lo han transformado todo rápidamente desde el primer impulso de su creación...para no hacer las cosas con violencia sino con persuasión. Porque aquello que es impuesto por la fuerza, no es perdurable.
El Antiguo Testamento ha manifestado claramente al Padre, oscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento ha revelado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Hoy el Espíritu vive entre nosotros, y se hace ver con claridad. Hubiera sido peligroso dar a conocer abiertamente al Hijo cuando la divinidad del Padre no era reconocida, y, cuando la divinidad del Hijo no era admitida, imponer...la del Espíritu Santo. Se podría temer que, como los responsables de demasiada comida o como los que miran el sol con los ojos todavía débiles, los creyentes pueden perder la fuerza que tenían para soportar. El esplendor de la Trinidad debe, entonces, iluminar progresivamente o como dice David, «poco a poco»(Sal 83,6) y por una progresión de gloria en gloria ...
Todavía quiero hacer esta consideración: El Salvador sabía que ciertas cosas sus discípulos no las podían llevar por ahora, a pesar de la enseñanza que habían recibido. Por la razón que he dicho más arriba, mantenía cosas ocultas. Y Él les repetía que el Espíritu, después de su venida, se lo enseñaría todo.
El Antiguo Testamento ha manifestado claramente al Padre, oscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento ha revelado al Hijo e insinuado la divinidad del Espíritu. Hoy el Espíritu vive entre nosotros, y se hace ver con claridad. Hubiera sido peligroso dar a conocer abiertamente al Hijo cuando la divinidad del Padre no era reconocida, y, cuando la divinidad del Hijo no era admitida, imponer...la del Espíritu Santo. Se podría temer que, como los responsables de demasiada comida o como los que miran el sol con los ojos todavía débiles, los creyentes pueden perder la fuerza que tenían para soportar. El esplendor de la Trinidad debe, entonces, iluminar progresivamente o como dice David, «poco a poco»(Sal 83,6) y por una progresión de gloria en gloria ...
Todavía quiero hacer esta consideración: El Salvador sabía que ciertas cosas sus discípulos no las podían llevar por ahora, a pesar de la enseñanza que habían recibido. Por la razón que he dicho más arriba, mantenía cosas ocultas. Y Él les repetía que el Espíritu, después de su venida, se lo enseñaría todo.
San Cesáreo de Arlés (470-543), monje y obispo
Sermón 166
Sermón 166
«El Reino de Dios... es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo»
¿Cuál es, hermanos, el verdadero gozo sino el Reino de los cielos? Y ¿qué es el Reino de los cielos, sino Cristo Nuestro Señor? Sé que todos los hombres quieren poseer un verdadero gozo. Pero, se engaña el que quiere ser feliz con sus cosechas sin cultivar su campo; se equivoca el que quiere recoger frutos sin plantar árboles. No se puede poseer el verdadero gozo sin la justicia y la paz... Mientras tanto, respetando la justicia y poseyendo la paz, nos fatigamos durante un corto espacio de tiempo como absorbidos sobre un buen trabajo. Pero después, tendremos un gozo sin fin al final de este trabajo.
Escucha qué es lo que el apóstol Pablo dice de Cristo: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14)... Y el Señor, hablando con sus discípulos, les dice: «Volveré a veros y vuestro corazón se regocijará, y vuestro gozo nadie os lo podrá quitar» ¿Qué es este gozo que nadie os podrá arrebatar sino él mismo, vuestro Señor, que nadie os podrá quitar?
Examinad, hermanos, vuestra conciencia; si en ella reina la justicia, si queréis, deseáis y anheláis para todos la misma cosa que para vosotros, sabed que el Reino de los cielos, es decir, Cristo el Señor, permanece en vosotros.
Escucha qué es lo que el apóstol Pablo dice de Cristo: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14)... Y el Señor, hablando con sus discípulos, les dice: «Volveré a veros y vuestro corazón se regocijará, y vuestro gozo nadie os lo podrá quitar» ¿Qué es este gozo que nadie os podrá arrebatar sino él mismo, vuestro Señor, que nadie os podrá quitar?
Examinad, hermanos, vuestra conciencia; si en ella reina la justicia, si queréis, deseáis y anheláis para todos la misma cosa que para vosotros, sabed que el Reino de los cielos, es decir, Cristo el Señor, permanece en vosotros.
San Anselmo (1033-1109), benedictino, arzobispo de Canterbury, doctor de la Iglesia
Proslogion, 26
Proslogion, 26
«Os llenaréis de gozo»
Señor Dios mío, mi esperanza y gozo de mi corazón, di a mi alma si su gozo es el mismo que nos has dicho por medio de tu Hijo: «Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo». En efecto, he encontrado un gozo completo y más que completo, porque el corazón, el espíritu, el alma, todo mi ser se ha llenado de este gozo y veo que todavía crecerá sin medida. No es que sea él el que va a entrar en los que se alegran, sino que más bien serán ellos los que entrarán en él con todo su ser.
¡Habla, Señor! Di a tu servidor, en el fondo de su corazón, si el gozo que experimento es el mismo gozo en el que entrarán los que gustarán el mismo gozo que su maestro (Mt 25,21). Mas, si este gozo que experimentarán tus siervos «ningún ojo vio, ningún oído escuchó, ni el corazón del hombre puede pensarlo» (1C 2,9), te pido, Dios mío, me concedas conocerte, amarte, para que mi gozo sea estar en ti.
Y si en esta vida no lo puedo obtener plenamente, hazme adelantar de manera que un día entre plenamente en este tu gozo. Que crezca aquí abajo mi conocimiento de ti para que pueda llegar a la plenitud donde tú estás. Que mi amor aquí, crezca a fin de ser total allá arriba. Que ahora mi gozo sea inmenso en esperanza, para ser entonces total en realidad. Señor, tú quieres que por tu Hijo te pidamos, y nos prometes recibir lo que pedimos a fin de que nuestro gozo sea completo... ¡Haz crecer en mí el hambre de este gozo, para que entre en él!
¡Habla, Señor! Di a tu servidor, en el fondo de su corazón, si el gozo que experimento es el mismo gozo en el que entrarán los que gustarán el mismo gozo que su maestro (Mt 25,21). Mas, si este gozo que experimentarán tus siervos «ningún ojo vio, ningún oído escuchó, ni el corazón del hombre puede pensarlo» (1C 2,9), te pido, Dios mío, me concedas conocerte, amarte, para que mi gozo sea estar en ti.
Y si en esta vida no lo puedo obtener plenamente, hazme adelantar de manera que un día entre plenamente en este tu gozo. Que crezca aquí abajo mi conocimiento de ti para que pueda llegar a la plenitud donde tú estás. Que mi amor aquí, crezca a fin de ser total allá arriba. Que ahora mi gozo sea inmenso en esperanza, para ser entonces total en realidad. Señor, tú quieres que por tu Hijo te pidamos, y nos prometes recibir lo que pedimos a fin de que nuestro gozo sea completo... ¡Haz crecer en mí el hambre de este gozo, para que entre en él!
Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en Inglaterra
Lecturas de Justificación, nº 9,9
Nuestra vida «desde ahora escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3)
Cristo, que había prometido que sus discípulos llegarían a ser, con él, uno en Dios; que había prometido que estaríamos en Dios y Dios en nosotros, ha realizado ya esta promesa para nosotros. De manera misteriosa llevó a término esta gran obra, este sorprendente privilegio. Parece que lo realizó al subir al Padre, en su ascensión corporal y su descenso espiritual, y que la asunción de nuestra naturaleza hasta Dios es al mismo tiempo el descenso de Dios hasta nosotros. Se podría decir que, aunque en sentido oscuro, nos ha llevado verdaderamente hasta Dios y ha hecho que Dios se llegara a nosotros; depende del punto de vista en que nos situemos.
Así pues, cuando san Pablo dice que «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), se podría entender con ello que nuestro principio de existencia ya no es un principio mortal y terrestre, tal como el de Adán después de la caída, sino que somos bautizados y escondidos de nuevo en la gloria de Dios, en esta pura luz de su presencia la cual perdimos con la caída de Adán. Somos creados de nuevo, transformados, espiritualizados, glorificados en la naturaleza divina. Por Cristo recibimos, como por un canal, la verdadera presencia de Dios, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros; estamos impregnados de santidad y de inmortalidad.
Y esta es nuestra justificación: nuestra subida por Cristo hasta Dios o el descenso de Dios, por Cristo, hasta nosotros; lo podemos decir de una u otra manera... Estamos en él y él en nosotros; Cristo es «el único Mediador» (1Tm 2,5), «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) uniendo la tierra con el cielo. Esta es nuestra verdadera justificación –no tan sólo el perdón o el favor, no solamente una santificación interior- ... sino el hecho de estar nosotros habitados por nuestro Señor glorificado. Este es el gran don de Dios.
Así pues, cuando san Pablo dice que «nuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), se podría entender con ello que nuestro principio de existencia ya no es un principio mortal y terrestre, tal como el de Adán después de la caída, sino que somos bautizados y escondidos de nuevo en la gloria de Dios, en esta pura luz de su presencia la cual perdimos con la caída de Adán. Somos creados de nuevo, transformados, espiritualizados, glorificados en la naturaleza divina. Por Cristo recibimos, como por un canal, la verdadera presencia de Dios, tanto dentro de nosotros como fuera de nosotros; estamos impregnados de santidad y de inmortalidad.
Y esta es nuestra justificación: nuestra subida por Cristo hasta Dios o el descenso de Dios, por Cristo, hasta nosotros; lo podemos decir de una u otra manera... Estamos en él y él en nosotros; Cristo es «el único Mediador» (1Tm 2,5), «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) uniendo la tierra con el cielo. Esta es nuestra verdadera justificación –no tan sólo el perdón o el favor, no solamente una santificación interior- ... sino el hecho de estar nosotros habitados por nuestro Señor glorificado. Este es el gran don de Dios.
viernes, 15 de mayo de 2015
La generación de la nueva creación (Rm 8,22)
Ha llegado el reino de la vida y ha sido derrotado el poder de la muerte. Ha aparecido un nacimiento nuevo y una vida nueva, una manera distinta de ser, una transformación de nuestra misma naturaleza. Este nacimiento no es “por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.” (Jn 1,13)... “Este es el día que hizo el Señor...” (Sal 117,24) Día muy distinto de los del comienzo, porque en este día Dios ha hecho un cielo nuevo y una tierra nueva, como dice el profeta (Is 65,17). ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. ¿Qué tierra? El corazón bueno, como dice el Señor, la tierra que se empapa de la lluvia que desciende sobre ella, la tierra que hace germinar una mies abundante. (Lc 8,15) En esta creación, el sol es la pureza de vida; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta intachable; el mar, la riqueza profunda de la sabiduría y el conocimiento; la hierba y el follaje son la buena doctrina y las enseñanzas divinas de las que se alimenta el rebaño, es decir, el pueblo de Dios; los árboles frutales son la práctica de los mandamientos. En este día el hombre es creado realmente, aquel que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. (Gn 1,27) ¿No inaugura este día del Señor un mundo totalmente nuevo para ti?...El mayor privilegio de este día de gracia es que ha destruido la muerte y ha dado a luz al Primogénito de entre los muertos....¡Qué buena y hermosa noticia! Aquel que por nosotros se hizo igual a nosotros, para hacernos hermanos suyos, lleva su propia humanidad al Padre para llevar.
San Gregorio de Nisa (c. 335-395), monje, obispo Primer discurso sobre la resurrección; PG 46, 603, 606, 626, 627
San Gregorio de Nisa (c. 335-395), monje, obispo Primer discurso sobre la resurrección; PG 46, 603, 606, 626, 627
domingo, 26 de abril de 2015
«Yo soy el buen pastor».
Cristo, con todo derecho, puede decir: «Yo soy». Para él nada es pasado o futuro, todo le es presente, Es lo que él mismo dice en el Apocalipsis: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso» (Ap 1,8). Y en el Éxodo: «Soy el que soy. Dirás a los hijos de Israel: 'El que es me ha enviado a vosotros'» (Ex 3.14). «Yo soy el buen pastor.» La palabra «pastor» viene de la palabra «pacer». Cristo nos apacienta cada día con su carne y con su sangre, en el sacramento del altar. Jesé, el padre de David, dijo a Samuel: «Mi hijo menor es un niño y está paciendo el rebaño» (1S 16,11). Nuestro David, pequeño y humilde, a pacienta también a sus ovejas como un buen pastor... También en Isaías se lee: «Como un pastor apacienta el rebaño; su mano los reúne, lleva en brazos los corderos, cuida de las madres» (Is 40,11)... En efecto, el buen pastor, cuando conduce su rebaño a los pastos o lo saca de él, reúne a todos los corderos pequeños que todavía no pueden caminar; los toma en sus brazos, los lleva sobre su seno; lleva también a las madres, las que vana parir o las que acaban de dar a luz. Eso mismo hace Jesucristo: cada día nos alimenta con las enseñanzas del Evangelio y los sacramentos de la Iglesia. Nos reúne en sus brazos, que extendió sobre la cruz «para reunir en un solo cuerpo a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11,52). Nos acoge en el seno de su misericordia, como una madre acoge a su hijo.
San Antonio de Padua (1195-1231), franciscano, doctor de la Iglesia Sermones para el domingo y las fiestas de los santos
San Antonio de Padua (1195-1231), franciscano, doctor de la Iglesia Sermones para el domingo y las fiestas de los santos
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