miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sermón de la Encarnación

. “Y el Verbo se hizo carne”La Palabra era desde los orígenes, el Hijo Único de Dios. Antes que los mundos fueran creados, incluso antes del tiempo, ella ya era, en el seno del Padre eterno, Dios de Dios y Luz de Luz, supremamente bendita en el conocimiento que tenía del Padre y el conocimiento que el Padre tenía de ella, recibiendo del Padre toda perfección divina, pero siempre una con él que la había engendrado. Como se dice en el principio del Evangelio: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”… Cuando el hombre cayó, la Palabra hubiera podido, en verdad, permanecer en la gloria que tenía con el Padre. Pero el amor insondable que nos había mostrado en el origen de la creación, insatisfecho al ver su obra estropeada, le hizo descender desde el seno del Padre para llevar a cabo la voluntad de éste y reparar el mal que el pecado había causado. Con una indulgencia admirable, vino, pero no ya revestido de poder, sino de debilidad, bajo la forma de siervo, bajo la apariencia de hombre caído al cual tenía el designio de levantar. Así, se humilló, sufriendo todas las debilidades de nuestra naturaleza, semejante en todo a nuestra carne pecadora, semejante al pecador con excepción del pecado, limpio de toda falta, pero sometido a cualquier tentación y, por fin, “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,8)… Así, el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre –mortal, pero no pecador; heredero de nuestra debilidades, no de nuestra falta; retoño de la antigua raza, pero “principio de la nueva creación” (Ap 3,14). Maria, su madre… dio una naturaleza creada a aquel que era su Creador. Así es como vino a este mundo, no sobre las nubes del cielo, sino nacido aquí abajo, nacido de una mujer; Él, hijo de María, ella, madre de Dios… Verdaderamente era Dios y hombre, pero una sola persona…, un solo Cristo.

 Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio

domingo, 28 de diciembre de 2014

¡Qué admirable intercambio!


San Gregorio Nacianceno.
Sermón 5,9.22.26.28
El Hijo de Dios en persona, aquel que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible, incomprensible, in­corpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida e inmortalidad expresión del supremo arquetipo, sello inmutable, imagen fidelísima, palabra y pensamiento del Padre, él mismo viene en ayuda de la criatura, que es su imagen: por amor del hombre se hace hombre, por amor a mi alma se une a un alma intelectual, para puri­ficar a aquellos a quienes se ha hecho semejante, asumien­do todo lo humano, excepto el pecado. Fue concebido en el seno de la Virgen, previamente purificada en su cuerpo y en su alma por el Espíritu (ya que convenía hon­rar el hecho de la generación, destacando al mismo tiem­po la preeminencia de la virginidad); y así, siendo Dios, nació con la naturaleza humana que había asumido, y unió en su persona dos cosas entre sí contrarias, a saber, la carne y el espíritu, de las cuales una confirió la divi­nidad, otra la recibió
 Enriquece a los demás, haciéndose pobre él mismo, ya que acepta la pobreza de mi condición humana para que yo pueda conseguir las riquezas de su divinidad.
 Él, que posee en todo la plenitud, se anonada a sí mismo, ya que, por un tiempo, se priva de su gloria, para que yo pueda ser partícipe de su plenitud.
 ¿Qué son estas riquezas de su bondad? ¿Qué es este misterio en favor mío? Yo recibí la imagen divina, mas no supe conservarla. Ahora él asume mi condición huma­na, para salvar aquella imagen y dar la inmortalidad a esta condición mía; establece con nosotros un segundo consorcio mucho más admirable que el primero.
 Convenía que la naturaleza humana fuera santificada mediante la asunción de esta humanidad por Dios; así, superado el tirano por una fuerza superior, el mismo Dios nos concedería de nuevo la liberación y nos llamaría a sí por mediación del Hijo. Todo ello para gloria del Padre, a la cual vemos que subordina siempre el Hijo toda su actuación.
 El buen Pastor que dio su vida por las ovejas salió en busca de la oveja descarriada, por los montes y collados donde sacrificábamos a los ídolos; halló a la oveja des­carriada y, una vez hallada, la tomó sobre sus hombros, los mismos que cargaron con la cruz, y la condujo así a la vida celestial.
A aquella primera lámpara, que fue el Precursor, si­gue esta luz clarísima; a la voz, sigue la Palabra; al amigo del esposo, el esposo mismo, que prepara para el Señor un pueblo bien dispuesto, predisponiéndolo para el Espí­ritu con la previa purificación del agua.
 Fue necesario que Dios se hiciera hombre y muriera, para que nosotros tuviéramos vida. Hemos muerto con él, para ser purificados; hemos resucitado con él, porque con él hemos muerto; hemos sido glorificados con él, porque con él hemos resucitado.

¿Qué significa realmente 'Labora'?


                            Del capítulo XLVIII de la Regla de San Benito
"La ociosidad es enemiga del alma, y por esto, a tiempos deben ocuparse los monjes en la labor de manos, y a tiempos en la lectura de cosas santas. Por tanto juzgamos del caso arreglar estos dos tiempos de la manera siguiente:
Desde Pascua hasta el catorce de septiembre, saliendo de Prima trabajarán desde la primera hora del día hasta cerca de la hora cuarta en lo que sea necesario. Desde la hora cuarta hasta cerca de la sexta se ocuparán en la lección. Después de sexta, en levantándose de la mesa, descansarán en sus camas, guardando un sumo silencio, y si alguno quisiere leer, lea de modo que no inquiete a otro. Dígase la Nona más temprano, esto es en el promedio de la hora octava, y volverán otra vez a trabajar hasta la hora de Vísperas.
Si la situación o pobreza del monasterio les obligase a coger por si las mieses, no se contristen, porque entonces serán verdaderamente monjes si vivieren del trabajo de sus manos, como nuestros Padres y los Apóstoles; pero hágase todo con moderación por los de poca robustez.
Desde primero de octubre hasta principio de Cuaresma, se ocuparán los monjes en leer hasta el fin de la segunda hora: entonces se dirá Tercia y después trabajarán todos en lo que se les mandare hasta la hora de Nona. En oyendo la primera señal para Nona, dejará cada uno su labor, y estarán prontos para cuando se haga la segunda señal. Después de comer se ocuparán en leer, o estudiar salmos. En los días de Cuaresma, desde por la mañana hasta el fin de la hora de Tercia, será la lectura su única ocupación, y trabajarán después hasta la décima hora en lo que se les mandare. Al principio de Cuaresma se dará a cada monje un libro de la Biblioteca, el cual han de leer por orden y enteramente . Téngase gran cuidado de nombrar uno o dos monjes ancianos que anden la cerca por todo el monasterio en las horas en que los monjes están en la lección, y observen si hay acaso alguno perezoso que se esté mano sobre mano, o entreteniendo en bagatelas y poco atento a la lección, y que no solo se daña a si, sino que divierte a los demás. Y si por ventura hubiere alguno (Dios no lo permita) que incurra en semejante defecto, repréndasele hasta dos veces, y no enmendándose, aplíquesele el castigo regular, de modo que los demás escarmienten. Ningún monje se junte con otro a horas intempestivas.
El domingo se ocuparán todos en lección, excepto los que tuvieren ocupaciones particulares. si hubiese alguno tan flojo y perezoso que no quiera o no pueda meditar ni leer, ocúpese en alguna obra de manos para no estar ocioso. A los enfermos, o delicados se les señalarán ejercicios proporcionados a su flaqueza, de modo que ni estén ociosos, ni la violencia del trabajo les oprima tanto que se vean precisados a dejarlo; cuya indisposición tendrá presente el abad."


                                              PAX

Quiso nacer de una Virgen

El único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen; asimismo, la dignidad de la Virgen demandaba que quien naciere de ella no fuere otro que el mismo Dios. Por esto, el Hacedor del hombre, al hacerse hombre, naciendo de la raza humana, tuvo que elegir, mejor dicho, que formar para sí, entre todas, una madre tal cual él sabía que había de serle conveniente y agradable.
Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos.
Quiso que su madre fuese humilde, ya que él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes. Y el mismo que ya antes había inspirado a la Virgen el propósito de la virginidad y la había enriquecido con el don de la humildad le otorgó también el don de la maternidad divina.
De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla pues como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia? Así, pues, la que había de concebir y dar a luz al Santo de los santos recibió el don de la virginidad para que fuese santa en el cuerpo, el don de la humildad para que fuese santa en el espíritu.
Así, engalanada con las joyas de estas virtudes, resplandeciente con la doble hermosura de su alma y de su cuerpo, conocida en los cielos por su belleza y atractivo, la Virgen regia atrajo sobre sí las miradas de los que allí habitan, hasta el punto de enamorar al mismo Rey y de hacer venir al mensajero celestial.
Fue enviado el ángel, dice el Evangelio, a la Virgen. Virgen en su cuerpo, virgen en su alma, virgen por su decisión, virgen, finalmente, tal cual la describe el Apóstol, santa en el cuerpo y en el alma; no hallada recientemente y por casualidad, sino elegida desde la eternidad, predestinada y preparada por el Altísimo para él mismo, guardada por los ángeles, designada anticipadamente por los padres antiguos, prometida por los profetas.
De las homilías de san Bernardo, abad, sobre las excelencias de la Virgen Madre
(Homilía 2,1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4-1966-21-23)

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cristo,Señor y Creador de los tiempos

“La diferencia entre Cristo y los otros hombres está en esto: Los otros hombres nacen sujetos a la necesidad del tiempo; Cristo, en cambio, como Señor y Creador de todos los tiempos, escogió el tiempo en que había de nacer, lo mismo que eligió la madre y el lugar. Y porque cuanto procede de Dios está perfectamente ordenado (cf. Rom 13,1) y convenientemente dispuesto (cf. Sab 8,1), siguese que Cristo nació en el tiempo más oportuno” (Suma Teológica III, C 35, a 8).
Traditio Spiritualis Sacri Ordinis Praedicatorum

Lo que existía desde el principio..

Juan Scot Èrigéne
“Lo que existía desde el principio..., lo que hemos visto con nuestros ojos...,os lo anunciamos.” (1Jn 1,1-3)
Pedro y Juan corren los dos al sepulcro. El sepulcro de Cristo es la Sagrada Escritura en la que los misterios más oscuros de su divinidad y de su humanidad están guardados, -me atrevo a decir-, por una muralla de rocas. Pero Juan corre más deprisa que Pedro porque el poder de la contemplación purificada penetra los secretos de las obras divinas con una mirada más penetrante y más viva que el poder de la acción que aún tiene necesidad de ser purificada.
Pedro entra, no obstante, el primer en el sepulcro. Juan le sigue. Los dos corren, y los dos entran. Aquí, Pedro es la imagen de la fe, y Juan representa la inteligencia... La fe tiene que entrar la primera en el sepulcro, imagen de la Escritura. La inteligencia entra siguiendo a la fe...
    Pedro que representa también la práctica de las virtudes, ve por la fe y por la acción al Hijo de Dios contenido de una manera inefable y maravillosa en los límites de la carne. Juan, a su vez, que representa la más alta contemplación de la verdad, admira al Verbo de Dios, perfecto en si mismo e infinito en su origen, es decir, en su Padre. Pedro, conducido por la revelación divina mira al mismo tiempo las cosas eternas y las cosas de este mundo, unidas en Cristo. Juan contempla y anuncia la eternidad del Verbo para darlo a conocer a los creyentes.
    Digo pues que Juan es un águila espiritual de altos vuelos y que ve a Dios. Lo llamo el “teólogo”. Domina toda la creación visible e invisible, sobrevuela todas las facultades del intelecto y entra en Dios que le hace participar de su propia vida divina.

Homilía sobre el prólogo de San Juan 

jueves, 25 de diciembre de 2014

Homilia de Navidad Comentario del Evangelio por : San Basilio (c. 330-379)

 El nacimiento del Salvador: la muerte de la muerte ¡Dios en la tierra, Dios entre los hombres! Ya no es el Dios que da su ley en medio de relámpagos y truenos, al son de trompetas sobre la montaña humeante, en medio de espesos nubarrones (cf Ex 19,18), sino aquel que conversa con los humanos con dulzura y bondad, revestido de un cuerpo humano. ¡Dios en nuestra carne!... ¿Cómo llegó la luz a todo el mundo? ¿De qué manera la divinidad habita la carne? Como el fuego en el hierro...comunicándosele. Sin dejar lo que es, el fuego comunica al hierro su propio ardor. No por esto queda disminuido el fuego sino que llena por completo el hierro al que se comunica. Del mismo modo, Dios, el Verbo que “plantó su tienda entre nosotros” (cf Jn 1,14) no ha abandonado su ser. El Verbo que se hace carne no ha sufrido ningún cambio. El cielo no está privado de aquel que lo contiene en si... Entra del todo en el misterio: Dios ha venido en carne para dar muerte a la muerte que se escondía en la carne. Del mismo modo que los medicamentos nos curan cuando son asimilados por el cuerpo, del mismo modo que la oscuridad de una casa se desvanece al encender una luz, así la muerte que nos tenía en su poder ha sido anihilada por la venida de nuestro Dios. Del mismo modo que el hielo formado durante la noche se derrite con el calor del sol, así la muerte ha gobernado hasta la venida de Cristo. Pero, cuando el Sol de justicia se levanta (Ml 3,20) la muerte ha sido engullida en la victoria (1Cor 15,4). No podía soportar la presencia de la vida verdadera... Demos gloria con los pastores, cantemos y dancemos en coro con los ángeles, “porque nos ha nacido un Salvador que es Cristo el Señor.” (Lc 2,11)... Celebremos la salvación del mundo, el día del nacimiento de la humanidad